Nacemos con nuestro destino bajo la piel...como las lagartijas

jueves 26 de mayo de 2011

Ya les había contado lo miedosa que soy, en particular con las lagartijas. Ayer, cuando saqué la basura, vi en una esquinita el cadáver -panza pa arriba- de una lagartija, pequeñita, mutilada, total y absolutamente muerta y por lo tanto...indefensa. 

Varias hormigas -a las que por cierto no les tengo ni siquiera tantita repulsión- se devoraban lo poco que quedaba de la lagartija, que una vez panzona y negra era ahora un cascarón gris, seco, vacío. Aún en estas circunstancias, me daba ñañaras recoger el cadáver y tirarlo a la basura y así me estuve todo el día y entré y salí y no me animé a levantarlo.

En la noche, vi que había más basura, misma que tendría que sacar, pensé que si dejaba la bolsa de la basura sobre el cadáver de la lagartija, las hormigas se iban a dar un tremendo festín y tal vez terminarían dentro de nuestra casa...con su aliento a lagartija. 

Me animé...(confieso que no lo hice con mis manos, ni con un pedacito de papel), fui por una escoba y un recogedor, literalmente barrí a la lagartija y la tiré a la basura, y su cuerpecillo hizo el mismo ruido que hubiera hecho una envoltura o no sé...algo sin la mínima huella de haber estado vivo. 

Amarré con mucha prisa la bolsa y la dejé afuera, más lejos de lo acostumbrado y me dio gusto no esperar a que un alma caritativa recogiera el cadáver o esperar a que las hormigas lo devoraran por completo. 
Supongo que así es el destino, supongo que nos acecha, que viene todo el tiempo adelante y detrás y por encima de nosotros -quienes muchas veces temerosos- le ponemos una bolsa encima o le damos la vuelta o fingimos que no está ahí... cuando sabemos que sí. 

Y es que el destino a veces nos muestra una cara que nos da miedo, otras una que nos reconforta, a veces nos hace sentir paralizados para después demostrarnos que nada de lo que nos pasa,  nos puede detener. 

El destino nos pone en casas con escaleras que están hechas -de alguna forma- a nuestra medida, nunca en una casa con escalones tan altos que no podamos alcanzar pero sí en una casa que tiene una vista distinta en cada escalón y hay unos que nos gustan más y unos que -cansados de los anteriores- nos cuesta mucho trabajo subir, pero la promesa de una mejor vista, el airecito que se siente cuando el más arriba está más cerca, es incomparable y es lo que nos mueve. 

Dudo mucho que yo alguna vez toque una lagartija, mucho menos una viva y dudo también que tocarla sea mi destino, pero esa soy yo, la que le tiene miedo a las lagartijas (y se lo dice a todo mundo)  pero no les tiene tanto como para saber que el cadáver plenamente difunto, por más inofensivo que sea, le molesta, mucho menos para aceptar que la lagartija no se irá sola, que algo hay que hacer para que se vaya. 

Tal vez no meto las manos, quizás me tardo y no me acerco demasiado, pero busco una escoba -una alternativa- para recuperar la paz perdida. 

P.D y no deja de darme tristeza el sonido tan seco y tan hueco que escuché en el cadáver de la lagartija, que sin duda para muchos, una vez estuvo llena, viva. 

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